• ¡Despierta, tú que duermes!

    Publicado el 24/01/2013 por ayp en Mensajes y Noticias.

     

    Me acordaba de algo que prediqué en Granada, en el mes de julio del año 2010, relacionado con nuestra misión evangelizadora y el tiempo que hoy nos toca vivir. Se trata de uno de mis mensajes preferidos, ya que tiene que ver con un llamado profético y urgente que la Iglesia de comienzos del tercer milenio ha recibido, que no podemos obviar ni dejar pasar: “Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo” (Ef 5,14b).

    Cuando predicaba esto, me encontraba en un momento de mi vida de 2 ó 3 años en los que no tenía agenda ni planes, ya que el Señor me había hecho el regalo del tiempo para poder dedicar buena parte de mi día a día a orar y a buscar su rostro en la intimidad. Hablé de los cien profetas que Abdías, mayordomo del rey Ajab, había escondido durante una terrible hambruna en tiempos de Elías, como relata el capítulo 18 del primer libro de los Reyes. Me inspiró en aquel momento el ejemplo de estos hombres que estuvieron aislados en cuevas durante varios años, sin poder llevar a cabo su ministerio y completamente fuera del alcance y de la vista del pueblo, olvidados por la mayoría.

    Ni siquiera pudieron compartir la victoria de Elías en el Monte Carmelo; sin duda, el mundo los llamaría fracasados, hombres insignificantes que no lograron nada. Sin embargo, Dios les había dado a estos siervos auténticos el regalo precioso del tiempo; tuvieron días, semanas e incluso años para orar, estudiar, crecer y servir al Señor con todo el corazón. ¡Qué grandes son los planes de nuestro Dios! Les estaba preparando para el día en que serían liberados para servir al pueblo y llevar a cabo su misión. De hecho, estos mismos hombres habrían de pastorear a aquellos que volvieron al Señor como consecuencia del ministerio del profeta Elías.

    Así me sentía yo en aquellos momentos, sin planes ni agenda, pero con el deseo de aprovechar aquel tiempo que me fue entregado para conocer el Corazón de Dios. Creo que no pasó ni un solo día en el que dejara de soñar para el Señor; por eso, en estos momentos me encuentro viviendo con mi esposa el inicio de una gran aventura, sirviendo al Señor a tiempo completo y a corazón completo. Él se sirvió de ese tiempo, aparentemente estéril e infructuoso, para prepararnos y capacitarnos según sus planes y su propósito.

    Los que deseamos servir a Dios de verdad, creo que tenemos claro que no estamos luchando para “triunfar” o buscar seguridad en esta tierra, ya que lo único importante es conocer al Señor y así poder servirle con todo el corazón. La medida del “éxito” de Dios en nuestra vida se encuentra en el tiempo que pasamos buscando su rostro y sirviéndole en los demás, de manera que puedan también recibir gratis lo que nosotros hemos recibido gratis. Por eso, no quiero dejar pasar ni un día de mi vida sin inspirar las vidas de todos los que me sea posible alcanzar, ya que es la gloria de Dios y la salvación de los hombres lo que está en juego.

    La Iglesia de Jesucristo y cada uno de los creyentes necesitamos hoy despertar y levantarnos, ponernos en pie. Cuando dormimos, nuestros sentidos no están listos para responder a los estímulos externos de igual manera que estando despiertos. El Espíritu nos mueve a despertar de nuestros sueños y levantar los corazones porque estamos como adormecidos espiritualmente. Por eso, ya no podemos comportarnos como quien por la mañana ha oido el despertador, sabe que es la hora pero lo retrasa y vuelve a caer en el sueño.

    Velar y dormir es otro modo de expresar el contraste entre vivir según el Espíritu y vivir según la carne. Vivir según la carne es dormir, vivir según el Espíritu es velar. Nos dice San Pablo: “¡Sed sobrios y velad! No durmamos como los demás, velemos y seamos sobrios” (1 Tes 5,6). La Virgen María es el ejemplo más sublime de sobriedad y de vigilia. A pesar de ser la Madre de Dios, conservó una humildad y sobriedad por las que se consideraba solo la sierva del Señor. Pasó por la vida siempre atenta a Dios y nunca se elevó, aún trayendo al mundo la Palabra hecha carne.

    La Iglesia necesita hoy el mejor despertador, auténticos profetas que nos ayuden a despertar para salir de nuestro letargo espiritual. San Pablo nos dice que la Iglesia está edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas (Ef 2,20), siendo el mismo Cristo Jesús la piedra angular. El profeta es enviado por Dios a proclamar al Pueblo la verdad que conduce a la conversión y a la obediencia. El profeta auténtico no revela una nueva verdad sino que proclama la verdad ya revelada por Cristo, pero muchas veces olvidada; el profeta desvela la confusión del mundo y descubre el verdadero curso de la historia en Jesucristo. “Cuando no hay profetas, el pueblo se relaja“, nos dice el libro de los Proverbios (29,18). Sin profecía, la Iglesia languidece, su mensaje no puede penetrar el corazón. La profecía cristiana da comienzo a la acción de Dios en su Iglesia (Hch 11,27-30), despierta al Pueblo de Dios para escuchar su Palabra (Ap 3,1-6) y desata el poder del Espíritu Santo (Jer 5,14). La profecía nos anima, alienta y exhorta (Hch 14,3); nos amonesta, corrige y convence de pecado (Jn 16,8); nos inspira para producir un efecto y provocar una respuesta.

    Es tiempo de despertar, de pasar de un estado de somnolencia y rutina a un estado de plena lucidez y creatividad, de un estado de inconsciencia a un estado consciente. Es la hora de la reflexión y la acción, la hora de cimentarse con la realidad para transformarla a la luz de la Palabra de Dios que nos urge… ¿Qué esperamos?

    El mundo de hoy no se opone ni rechaza el Evangelio; al contrario, tienen hambre y sed de la Palabra de salvación. Lo que no aceptan es la forma como lo presentamos. Decimos que urge una nueva evangelización: pero que en realidad sea nueva y que sea evangelización; con testigos, más que maestros. Precisamos personas que antes de cualquier título o función en la Iglesia, hayan pasado por la escuela del discipulado. El principal problema pastoral en la Iglesia no es que no evangelice, sino que evangelicen aquellos que no están evangelizados. Hay ministros y predicadores que trabajan en la viña, pero no conocen al Viñador; han sido catequizados, son peritos en Teología, pero no han tenido un encuentro personal con Cristo. Hay muchos como Nicodemo, maestros en “Israel”, que no han nacido de nuevo. No puede haber una nueva evangelización sin nuevos evangelizadores; evangelizar sin antes ser evangelizado, es construir sobre arena.

    La vocación del nuevo evangelizador es apremiante, rompedora, verdaderamente profética. Evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado. La verdad de la evangelización depende de la renovación espiritual de la Iglesia; por eso necesitamos un Nuevo Pentecostés para una Nueva Evangelización que sea llevada a cabo por discípulos fieles, apasionados por Jesucristo, desprendidos del mundo, arrebatados por el Espíritu Santo y dispuestos a dar la vida por el anuncio del Evangelio.

    El Señor está encendiendo un fuego que no ha dejado de crecer y de inspirar en muchos de nosotros una decisión firme de ir más allá y de mirar donde otros no miran para conquistar nuevos horizontes. Necesitamos despertar al conjunto de los creyentes porque el Señor ha tocado nuestros labios, ha perdonado nuestro pecado, y nos ha mostrado su rostro y su amor. Por eso no tenemos miedo ni nos acobardamos, ya que Él nos reviste de autoridad para ser sus profetas, predicar su Palabra y en el mundo su Iglesia edificar.

    No permitamos que se apague la llama que Dios ha encendido; avivemos cada día esta llama en nosotros de manera que podamos extenderla para encender el mundo entero con el fuego del Espíritu, según el deseo del Señor (Lc 12,49). “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16).

    Onofre Sousa

Comentarios desactivados.